21 lugares malasañeros: El diablete de Malasaña.

Ya es la segunda vez que tengo el placer de presentar y que escriba en Jugando con el 21. Es de esas personas que calan desde que la conoces. Tiene ese áurea y ese carisma.

No le gusta que le llamen poeta, pero conmigo ha conseguido engancharme a su poesía y a su manera de recitarla.

Reconozco que tengo una manía, cuando estoy comiendo siempre me dejo el trozo más grande y más sabroso para el final, sobre todo cuando es algo que me encante, como un buen filete, un buen jamón, postreEse trozo con la medida justa y claro esta, también con la medida perfecta del último sorbo de bebida que voy a tomar.

Supongo que es como en los conciertos o como en el fútbol, cuando te la tienes que jugar en los penaltis, dejas a los mejores para el final o se guardan las mejores últimas canciones para tocar. 

Es el momento sublime, es de más expectación. Por eso es el momento en el que él suele aparecer.

Hasta que llega ese momento, disfrutas y saboreas su presencia. Como le he dicho alguna vez, “te dejas llevar de la espuma blanca de cerveza que emane de su boca”. A veces incontrolable pero eso lo dejamos para otro post.

En la última ocasión me dijo cual poema iba a recitar: “Llámame tonto”, ya lo había escuchado varias veces, pero si me iba y dejaba de escucharlo, a mi si que me iban a llamar tonto. 

Lo escuchas y vuelve hacerte sentir como la primera vez que tuve la suerte de oirlo. Por eso estoy encantado de seguirle por el recorrido artístico en Malasaña. Si ustedes no le han escuchado aun, solo tienen que seguirle en una de esas grandes noches, estoy seguro que no le defraudará.

Juguete en Diablos AzulesLes dejo con el pst del recorrido de Guerrero: “Mi vida, mis reglas“.

Juguete Roto.

 

Mi vida, mis reglas

Caminar por la acera llega a ser ilusionante, cruzarte con gente que no has visto antes ni, seguramente, volverás a ver. Enamorarte de la chica que va montada en esos tacones de vértigo que potencian su fisionomía hasta que roza la cima de lo perfecto. Sentirte tan pequeño como nunca antes te había dejado tu algo más de metro setenta y cinco.

Subir escaleras y ver cómo las personas que bajan se cargan una ciudad a sus espaldas, miles de vidas, infinitas historias y sobre todo esa única vida de esa niña tan especial, con esos ojos tan bonitos, esos labios tan sugerentes, esa sonrisa tan sinónimo de arte, esas manos tan de quédate a mi lado siempre y todo lo demás que no es para todos los públicos.

Sales del metro por la plaza de ‘Tribunal’ y te asombra esa sensación de cuando coges aire profundamente previo parpadeo largo y notas que huele a como te molaría que oliese tu casa. Tras ese instante en el nirvana das seis pasos siguiendo una diagonal imaginaria que marca las dos y media, esperas que se ponga verde el semáforo, cruzas, te tocas la cartera y recuerdas que llevas dinero, sonríes, mano al pecho y sacas un cigarro.
-Sus volutas de humo dibujan caras sonrientes-

La segunda a la derecha y entras en el templo de ‘Los diablos azules’ (Calle Apodaca, 6). No hace falta ni que te apunten, porque saben que siempre que apareces, acabas recitando y llueven estrellas fugaces en los ojos sonrientes de los que han pasado a ser parte de tu familia.
-Besos y abrazos de alegría sincera-

Cuando suena tu nombre la gente se emociona, aplauden a rabiar y encaminas, con una sonrisa que, más adelante, te traerá agujetas en los mofletes, el pasillito angosto que han dejado desde la puerta del bar hasta el escenario.

Los versos reflejan tus sentimientos, tienen latidos propios y a ti te hace inmensamente feliz que a la gente le brillen los ojos más que cien fluorescentes intermitentes. El posterior aplauso suena a melodías galopando horizontes y tú, con más vergüenza que orgullo, sólo sabes agradecer, seguir sonriendo, llevarte la mano al corazón y asegurarles que ese aplauso es para ellos.

Los vítores hablan por sí solos. La noche está siendo grande y tú le has dado el último puñetazo.
-K.O-

El camino a Aleatoria (Calle Ruiz, 7) se hace divertido, porque vas con unos cuantos casi hermanos y hermanas de parloteo, con el acelerador de la alegría a fondo y sabiendo que Escandar te va a poner la cerveza más fría que tenga en cuanto te vea entrar al bar. Luego te dará un beso, sonreirá como lo hacíais cuando os conocisteis hace demasiados años, se colocará el sombrero modo mepicalacabeza y las musas de otros, otras y las que también fueron tuyas, te abrazarán diciendo que qué ganas tenían de verte.
Corren las cervezas, los sueños se agolpan, las paredes rezuman poesía, los cigarros esperan en la puerta a que los fumes acompañado de esa única diosa que a las tres caladas se va a abrazar de tus hombros, tú de su cintura y a bailar el vals loqueteheechadodemenos.

Felicidad abrumadora, recuerdos de cuando empezaste en aquél bar que tenía el nombre de un ilustre poeta borracho nacido en Alemania y muerto en Estados Unidos, el mismo donde te sentías miembro de la sociedad que pide cambios. Recuerdos de cuando era algo así como una religión el pasarse por ‘Café comercial’ donde tantos y tantos poetas… Recuerdos de los tiempos del ‘Penta’, que fue regentado por Antonio Vega y Enrique Urquijo, en distintas épocas. La plaza de estos dos últimos. El dosde, ‘San Mateo’…

Historias para no dormir, sonrisas deslumbrantes, cosas que pasan, soñar despierto, camas de uno donde duermen dos, la última y nos vamos y al final tiene que ser ‘Lorenzo’ el que te mande a la cama, tequieros desnudos, hoy por ti y mañana por mí, no me olvides nunca, que yo no recuerdo cómo se hacía eso. Hermanos de sangre.
-Malasaña old school-

Luego hay gente que no quiere ni oír hablar de la poesía y tú sólo puedes mirarles extrañado, porque la vida, la que tú conoces y perderías los huevos por ella, es más guapa que todas las demás juntas, le saben los besos a futuro y no estarías dispuesto a que te faltara ni un momento.
Carlos Guerrero Jiménez
Guerrero

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