A Bodhi, “Le llaman Juguete”.

¿Se acuerdan de la película “Le llaman Bodhi“?

Va sobre un joven agente del FBI (Keanu Reeves) que se infiltra en el aLe_llaman_Bodhi-935042152-largembiente del surf para desenmascarar a un grupo de atracadores. Conocerá a Tyler, la que será su profesora de surf y a Bodhi(Patrick Swaize)  jefe de la banda que le gusta vivir al límite y una gran influencia en él.

Fue con 17 años cuando la vi. Recuerdo la sensación de querer sentir la adrenalina que se desata cabalgando en las olas y con los saltos de paracaídas de la película. Los saltos de paracaídas los aparque por un tiempo, pero no creo que tarde mucho en llevarlos acabo.

 

Con el surf no quería esperar tanto tiempo, así que conseguí profesor. No como la guapa morena de ojos azules de la película, pero, para qué engañarnos, yo tampoco tenia la melena de Bodhi.

Recuerdo algunas partes de sus clases:

“Ponte tumbado en la tabla”.- “Estar tumbado se me da bien”, pensé.

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“Ponte el traje de neopreno”– No solo por el frío. Hay que saber que sino lo haces ni te pones cremita en el lomo, al día siguiente, lo tendrás al rojo vivo y posiblemente los pezones en carne viva.

“Siéntate en la tabla mientras esperas la ola”-. ¿En la tabla? Intentas sentarte, pero la tabla no deja de moverse, como si estuvieses en un toro mecánico de la feria. Insiste hasta que te tira al agua.

“Toca el turno de remar”.-  Me podría haber hecho regatista de remo en las olimpiadas de tanto que remé. Para mí que era lo único que hacía.

“Cuando sientas que la ola te lleva, flexiona, pon los pies en la tabla y busca tu postura surfera”. – otra de sus grandes lecciones. ¿Busca tu postura surfera? Por mucho que la buscaba no la encontraba. Y no dejaba de pensar: ¿Y si consiguiera llevar mi postura preferida a la tabla de surf con su cervecita, con sus patatitas…?

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Recuerdo la ultima llamada de mi amigo y profesor.

Quillo, ¿te vienes a pasar el día a Zahara?

Del tirón.

Sabiendo lo que implica.

Le llaman JugueteCasi como si fueras un dominguero, llegas neverita en mano con todo tipo de “papeo” y bebidas,  tu silla plegable, tablas de surf y, sobre todo, una agradable compañía.

Mi amigo coge su tabla y como profesor, no desaprovecha ni un momento para dar sus lecciones. Entra en el mar y no dejas de observarle. Te sientes atraido por lo que hace y te invade el deseo de hacer lo mismo.

Así que te adentras en el mar. Remar puedo asegurar que remé una barbaridad, mis agujetas dieron fe de ello. Después de varias caídas y centrifugados llegó el momento en que dominé al toro, conseguí sentarme y cabalgué varias olas. Por unos instantes, el espíritu de Bodhi estaba en mi… hasta que el mar me olió a tortilla. Tanto esfuerzo tendría su recompensa.

Como si en un anuncio de Cruzcampo se tratase, sentados nos dejábamos llevar por el péndulo que “pica” el mar, que trasmitía la velocidad de las chapas de la bebidas y dibujaba nombres futuros como Manuela entre pinchos de tortilla.

Después de una digestión adecuada nos volvemos al mar. Llegó el momento de esperar la ola.

El mar te da tregua a veces. En tu momento plácido sentado con el mar en calma, el atardecer asomándose a tus pupilas, se produce un instante mágico de paz y armonía.

Comienzas a hablar con el mar y  descubres que el mar no te ahoga. Al contrario,  consigue que te desahogues con él. Quien tenga la oportunidad que lo aproveche. Imagínense salir del trabajo o de tu casa con tu mochila -como siempre- cargada de inquietudes, problemas, desamores. Llega el momento que parece que la abres, y empiezas a soltar lastre. No es fácil, porque cuesta desligarse de los sentimientos que nos hacen daño, pero granito a granito comienzas a soltar esas tristezas y penas que te cargan los hombros.

Esperanzas que, por las razones que sean, no se cumplieron y se han transformado en recuerdos de lo que hubieras querido.

Se convierte en un momento egoista y le dices:

“Háblame bajito y que nadie se entere lo que nos contamos”.

Supongo que todos deberíamos tener nuestro mar, nuestro duende, nuestro confidente que después de hablarle, seamos capaces de enfrentarnos a nuestras inquietudes, de tomar decisiones importantes que postergamos simplemente por mirarlas desde otro prisma.

Después de ese día, la tabla que más he visto ha sido la tabla de planchar y tampoco es que le tenga especial cariño. Espero que no pase tanto tiempo en repetir ese momento.

Por eso les recomiendo que busquen su ola, su deporte, su momento para comunicarse con ustedes mismos. Momento que muchas veces no aprovechamos o miramos de forma mecánica hacia otro lado.

Juguete Roto

 

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