21 lugares malasañeros: Los fantasmas de Malasaña.

En nuestro recorrido por el barrio de Malasaña. El post me llego hace tiempo pero por una causa u otra se ha quedado aquí reposando.

No como la persona que lo ha escrito que no para en todo momento. Periodista versátil que en ningún momento se buscó un subterfugio para escribir en Jugando con el 21 y mira que tiene experiencia, sobre todo en subterfugios musicales. Sin ningún tipo de vanidad creció en su revista. Ahora sigue creciendo de manera ex-Press en Europa, España y en donde haga falta, con la seguridad y optimismo de que llegará donde se lo proponga.

Mucahs graicas por tu post, por hacer desear reuniones culturales, por trasportarnos a otra época y a un lugar que merece la pena visitar.

RESUCITAR EN MALASAÑA (I): LA VORÁGINE DE KIKEKELLER

Un hombre y una mujer de finales del siglo XIX y principios del XX aparecen de repente en el centro de Malasaña. Provienen del Londres de la época, pertenecen al famoso grupo de Bloomsbury, aquella pandilla de amigos que formaban Virginia Woolf y su hermana Vanessa Bell, Lytton Strachey, Bertrand Russell, J.M Keynes, Dora Carrington y otros artistas, escritores e intelectuales de la época.

Desde que Carrington le conoció, Strachey se convirtió en su amor platónico hasta el mismo año en que ambos murieron. El escritor era homosexual y no podía corresponder a la pintora como a ella le hubiera gustado. Sin embargo, vivieron juntos prácticamente toda su vida y se quisieron profundamente, cada uno a su manera. Dos meses después de que Strachey muriera por un cáncer, Carrington se quitó la vida porque no podía soportar la pena de vivir sin él.

Ahora, tan ilustres fantasmas han resucitado en Malasaña. Acaso es una segunda oportunidad del destino para Dora y en otra vida quizá pueda estar con Lytton. Probablemente nadie se percataría de que ambos pertenecen al siglo pasado. Hay quien dice que fantasmas hay un rato en Malasaña.

Strachey ha mangado una fixie verde fosforito que descansaba en alguna pared ajada y está bajando embalado la cuesta de Corredera Baja. Ha quedado con una chica en Kikekeller, un sitio que le ha recomendado su amiga Ottoline, que siempre sabe escoger el lugar adecuado para cada velada.

Es un sitio extraño. En la entrada le recibe una especie de mula blanca de plástico, casi de tamaño real, con un agujero rectangular en el estómago. Hay pergaminos enrollados dentro. También cuelga del techo una lámpara esférica recubierta de plumas blancas. Por mirar al techo casi se tropieza con su antigua mecedora reconvertida en una butaca del futuro. Se pregunta cómo sería divagar sentado en ella bajo los árboles de Ham, Wittshire. Probablemente sería la estrella del grupo con ese novamás de mecedora.KIKEkeller

Está tan asombrado que no puede evitar adentrarse y curiosear. El lugar parece una mezcla entre galería de arte, anticuario y tienda de muebles. Ensimismado, pensando que nunca había visto algo igual, descubre una pared forrada con distintos papeles decorados con motivos florales. Oh, ¡si Vita Sackville los viera!

Kikekeller

Sigue andando guiado por su instinto, que le dice que quizá de allí podría salir una buena novela. Tiene unos cuantos ingredientes buenos: plantas trepadoras en medio de una pared blanca, una silla metálica con una cruz luminosa incrustada, sillas de época y ¡hasta un avión de tiovivo! Se le ocurre cierto mejunje entre Poe, su colega Virginia y alguna reminiscencia freudiana.

Strachey está fascinado. Es como vivir en distintas épocas a la vez, prácticamente ya no sabe en qué tiempo vive. Es raro pero lo disfruta. Decide esperar allí dentro a la señorita Carrington, que como ya le había avisado Ottoline, era muy probable que llegase tarde. Se sienta encima de una especie de caja taburete, con mucho cuidado de no romper nada. Encadena pensamientos, mira al suelo y apenas se mueve por miedo a estropear algo con su recurrente torpeza.

De repente levanta la vista y se ve frente a la barra de un bar. Debe de estar soñando o, como mínimo, viviendo otra vida. Se levanta con cuidado y se acerca. La barra está situada encima de una vía de tren. No entiende nada. Se está empezando a poner nervioso. Él, acostumbrado a tener el control, siente que en ese lugar puede suceder cualquier cosa inesperada. Decide pedir algo a un camarero que ronda por ahí para intentar serenarse y, en ese momento, alguien le toca el hombro por detrás. Esa debe de ser la señorita Carrington.

CONTINUARÁ…

Marieta Zubeldia.

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